“Dista de la Vega de Santa Brígida dos leguas de mal camino. La población yace en un profundo valle rodeado de grandes montañas. En las del norte está un camino que va a dar a Teror, muy angosto y algo peligroso, que pasa por San José del Álamo. Aquí se encuentra una ermita dedicada a dicho santo, la mayor parte arruinada. La iglesia de San Lorenzo es pequeña y aseada. Fue nombrado primer cura el Licenciado Juan González Travieso. Se compone la jurisdicción de 5000 personas repartidos en los siguientes pagos: Tenoya, Tamarazayte, Toscón, Dragonal, Laureral y Colmenar. Tiene cuatro ermitas”
Así se describía San Lorenzo hace 175 años en un manuscrito de mediados del siglo XIX 19: un paraíso cruzado por caminos entre cerros y montes que llegaba desde las tuneras de Los Altos a las limpias arenas del istmo de Guanarteme. Por todo ello; hay lugares que no caben en los mapas; lugares que se sienten más que se describen; lugares que no se explican porque se llevan en el alma. San Lorenzo es uno de ellos. Hoy les hablo como hija de este pueblo, porque así me siento, porque aunque soy veguetera de nacimiento y me siento orgullosa de decirlo, soy laurentina de herencia y corazón; porque mi historia como la de tantos de ustedes, se entrelaza con estas calles, con sus gentes y con sus tradiciones. Hoy me presento ante ustedes con humildad, con orgullo y con todo el corazón para decir:
¡SAN LORENZO, AQUÍ TIENES A TU PREGONERA!
Señoras y señores:
Señoras y señores concejales;
Ex secretaria general del Ayuntamiento, doña Ana María Echeandia Mota;
Exalcalde de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad Real de Las Palmas de Gran Canaria, don Juan José Cardona;
Señora consejera del Cabildo de Gran Canaria;
Ilustres señores y señoras consejeros y consejeras del Gobierno de Canarias;
Gerente de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria;
Directora de Movilidad y Transporte del Gobierno de Canarias;
Concejal del Ayuntamiento de la Villa de Santa Brígida;
Presidenta de Charter 100 Gran Canaria, doña Nardy Barrios;
Miembros de la Comisión de Fiestas;
Hijos e hijas predilectos y adoptivos del pueblo;
Pregoneros y pregoneras de años anteriores;
Representantes de la Asociación de Vecinos del Lugar de Lugarejo, así como de colectivos culturales, sociales y vecinales del Distrito;
Miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, Protección Civil y personal técnico y logístico de los servicios municipales, de Promoción de la Ciudad y del Distrito;
Compañeros y compañeras de los diferentes grupos políticos;
A mi familia —mis hermanos Ana, Pepe y Servando, mi sobrino, mis tíos, mis primas y primos—, A mis amigas y amigos, A mi profesora, Juana Teresa Sosa Lorenzo, A mis vecinas y vecinos del querido pueblo de San Lorenzo, A mi amiga Yurena, que esta noche me acompaña desde la distancia, desde Osaka, Y a todas las personas que hoy nos honran con su presencia en esta noche tan especial…
Muy buenas noches a todas y a todos.
Es un privilegio, de esos que se sienten muy dentro, estar hoy aquí como pregonera de las fiestas en honor a nuestro patrón, San Lorenzo. En este lugar tan querido, donde cada piedra y cada rincón cuentan una historia. Un lugar que no solo conserva su pasado, sino que lo mantiene vivo, latiendo fuerte en cada uno de nosotros. Este año celebramos algo muy especial. Hace ya 35 años que nuestras fiestas fueron declaradas oficialmente Fiestas de la Ciudad, un reconocimiento merecido a una celebración que va mucho más allá del calendario. Porque aquí, en San Lorenzo, las fiestas no se preparan… se sienten. Se transmiten, se heredan, se viven con el alma abierta. Treinta y cinco años que han sido testigo del crecimiento de estas fiestas, de cómo han ido cruzando los límites del pueblo para hacerse tradición compartida por toda la ciudad. Fiestas que han sabido mantener sus raíces sin dejar de florecer, con una identidad firme. Y si echamos la vista atrás, encontramos que esta pasión viene de lejos, de muy lejos…
Ya en 1894, el entonces joven Diario de Las Palmas anunciaba con entusiasmo que “el día 9 de agosto, al mediodía, San Lorenzo se vestiría de fiesta con el repique de campanas, los cohetes surcando el cielo y una comparsa de enanos y gigantones recorriendo las calles”. Y por eso, no hay mejor forma de celebrar este aniversario que volver a reunirnos aquí, bajo este cielo que ha visto generaciones enteras mirar hacia arriba con emoción y esperanza. Este año, también, la Iglesia Universal conmemora el 1.800 aniversario del nacimiento de nuestro Santo Patrón en la ciudad de Huesca. Asimismo, se cumplen 385 años de la colocación de la primera piedra de nuestro Templo Parroquial y 25 años de la celebración de nuestra Gala Drag Queen. San Lorenzo esta de aniversarios. En esta plaza donde se cruzan la historia y el presente, donde han sonado canciones, oraciones, risas y promesas; y que tiene en ello, calidad de ser camino de peregrinaje, romería y trajines comerciales definiendo desde siempre al pueblo de San Lorenzo. Ese camino relevante y destacado para la historia de toda Gran Canaria desde San Nicolás a las cumbres, tuvo dado el proceso de engrandecimiento que alcanzó el hecho del inicio en 1607 de las Bajadas de Nuestra Señora del Pino desde la villa terorense hasta la Santa Catedral, varios hitos constructivos que definieron perfectamente el trazado y recorrido del mismo.
Inicialmente, comenzó ese proceso con el permiso de construcción de esta ermita de San Lorenzo en el Lugarejo, concedido por el obispo Francisco Sánchez de Villanueva el 14 de marzo de 1638; a la misma seguiría la edificación en 1677 de la ermita de San José del Álamo para descanso, parada y yantar a mitad de jornada de Virgen y acompañamiento; y por ultimo, la edificación, a instancia del capitán Juan de Matos de la ermita dedicada a San Nicolás de Bari en las laderas de la montaña de San Francisco. A estas tres ermitas seguirían el levantamiento de los dos humilladeros o cruces que marcaban protocolos de inicio y final de las Bajadas y marcaban jurisdicciones laurentinas. Casi cuatro siglos que nos enorgullecen, pero a la vez nos obligan a no decaer. Un pueblo de historias y de historia que quiero hacer hoy junto a ustedes, que son —y han sido siempre— el alma y la razón de ser de estas fiestas. Y ahora, si me lo permiten, con el corazón en la mano y con el perdón de todos, quiero dedicar este momento a la persona más importante de mi vida. Este pregón va para ella. Para la hija de Lorenzo “el Rey” y de Lalita, la mujer de Pepito el cobrador, como muchos de ustedes la conocen.
Para esa mujer luchadora, humilde, valiente, alegre y generosa pero que para mí tiene el nombre más bonito que un ser humano puede pronunciar, el nombre más bonito del mundo: mamá. Si hoy estoy aquí, si amo este pueblo como lo amo, si entiendo lo que significa ser de San Lorenzo, es porque tú y papá me lo enseñaron. Cada palabra que digo lleva algo tuyo. Cada emoción que me atraviesa viene de ti. Este pregón, esta fiesta, este orgullo… son tuyos también. San Lorenzo te lleva dentro. Y yo… también. Y en este momento, tan lleno de emoción y memoria, no puedo dejar de nombrar a una de las personas que más profundamente amó este pueblo: mi padre. Mi padre, fue otro de esos rostros que todos reconocían: Pepito el cobrador; hijo de Antonia y Pepito, los cobradores. Serio, puntual, responsable…pero con un corazón que no le cabía en el pecho. Siempre esperaba en “el coche de hora” a que todos llegaran. No dejaba atrás ni al más rezagado. Era un hombre de pocas palabras y de pocos amigos, pero de amigos verdaderos. Quizás eso también lo heredé de él. Me enseñó, con su ejemplo, el amor al servicio público, el respeto por nuestras raíces y el orgullo de pertenecer a este lugar que tanto quiso. Amaba estas fiestas, las vivía con una alegría serena, como quien entiende que en cada volador, en cada repique, en cada esquina del pueblo, se guarda una historia. Su gran ilusión era volver al pueblo. Y aún guardo en mi memoria la imagen de él sentado junto a Isidrito, contemplando con calma las obras de la casa donde hoy vivo… como quien mira el regreso a sus orígenes con esperanza y emoción. Yo era la niña bonita de sus amigos: Antonio Hernández, Pepito “El Marrullero”, Pepe Hernández, Tomásin “El Gato”, Eulogito, Susanito… todos ellos me cuidaban con un cariño entrañable. Siempre me daban veinte duros y yo, feliz, me los gastaba en la tienda de Concha, como si fuera el mayor tesoro del mundo, donde con 25 pesetas te comprabas un «bakoka» de fresa para aguantar las tardes de agosto… ¿Lo recuerdas, Davinia?
Mi padre vivía San Lorenzo con el corazón, como si cada agosto renovara un pacto con su infancia, su gente y sus recuerdos. Gracias, papá, por enseñarme a querer este pueblo como tú lo hiciste: con entrega, con humildad y con el corazón lleno de orgullo. Hoy, en estas fiestas, te siento más cerca que nunca. San Lorenzo desde mi casa
En cada familia hay un pilar, una figura que sostiene el relato, que une generaciones. En la mía, esa figura fue mi abuela, Lalita. La que siempre llevaba las llaves del cementerio y de la iglesia en el bolsillo del delantal. La que sabía cuándo había que abrir, cuándo cerrar, y cuándo rezar. La que estaba para todos, siempre. Bastaba con que alguien dijera “avisen a Lalita” para que ella dejara lo que fuera y saliera a ayudar. Era la que acompañaba a los que sufrían, la que velaba a los que se iban, la que abría las puertas de la fe sin pedir nada a cambio. Y ahí sigue su nombre, grabado en una puerta de la iglesia. Porque hay personas que se convierten en parte de los muros. Que no se van nunca. Y cómo olvidar la manera en que el pueblo entero se preparaba para las fiestas… Sabía que quedaba poco cuando mi abuela comenzaba a coser banderas en casa, con esa paciencia que solo tienen las abuelas, mientras mi tío Marcial se ponía manos a la obra y pintaba con esmero la fachada para que luciera blanca como la nieve. Era un gesto sencillo, pero lleno de dignidad y orgullo, como diciendo: “Ya vienen las fiestas, y San Lorenzo lo merece todo”
La devoción no era solo con el santo, era con la gente. Y ahí estábamos nosotros, sus hijas, sus nietos y nietas, bisnietos y bisnietas aprendiendo a vivir la fiesta desde dentro. Con el respeto de quienes la heredan, pero también con la emoción de quienes la descubren cada año como si fuera la primera vez. Por eso las fiestas me traen su recuerdo y en las mañanas de agosto con el saloncito lleno de voces, las promesas hechas en silencio, las risas de los primos y los abrazos de los tíos. San Lorenzo me ha dado muchos regalos pero el mayor y mejor de todos es mi familia extensa y maravillosa. Por parte de madre, somos 19 primos, que hemos crecido juntos entre voladores, banderas, verbenas y carcajadas. Por parte de padre, 13 más que completan este universo familiar que me ha acompañado siempre, están aquí esta noche en mi voz, en mi sangre y en mis sentimientos y estará dentro de mí durante toda mi vida. Con mis primas aunque soy la más pequeña compartí secretos de infancia, juegos en la plaza, confidencias de adolescentes, novenarios, escalas en hifi, lágrimas de emoción y carcajadas que aún hoy retumban en mi memoria. Gracias por ser parte de mi vida, y también parte de este pregón; porque en San Lorenzo, la familia no solo se encuentra… se multiplica. Y yo tengo una gran familia a la que, este año, tengo más que agradecer. Porque en la fiesta… pero también en la no tan fiesta, es cuando se descubre quién está de verdad. Y yo he tenido la suerte de estar rodeada de mujeres y hombres valientes y generosos: Concha, Fabiola, Mapi, Hito, Encarna, Lurdes, Margara, Carolina, Carmensa y Jota. Gracias, primas, por estar a mi lado en el momento más difícil de mi vida. Por no soltarme, por quererme, por sostenerme sin condiciones. Y si echo la vista atrás recuerdo, un año, donde mi padre ni corto ni perezoso midió el callejón de mi abuela y de Anita con un palo a lo ancho. Como la medida daba justa… ¡metió nuestro Seat 600!, donde veníamos a disfrutar de las fiestas como sardinas en lata, pero felices, lo aparcó y lo tapó colocando las famosas sillas de mi abuela delante. Así era él. También las tómbolas que se hacían en el garaje de Facundo y Maruca, el agua de la pila de Pinito Irene que nos daba después de las clases particulares de matemáticas o cada 17 de abril, como año tras año, me llegaba un gran ramo de flores de parte de Eulogito y Pinito, felicitándome por mi cumpleaños, o como Juan Curbelo me enseño a nadar en nuestra playa de Las Canteras. Recuerdo también, cómo mi madre encargaba una gran bandeja de ensaimadas en la dulcería La Alemana de Vegueta, y el día 10 nos dirigíamos rumbo a casa de mi abuela. Y si no te apurabas, mi primo Francisco se comía hasta la última ensaimada de la bandeja. Gestos que se quedan en el alma para siempre. No puedo evitar sonreír al recordar que lo peor que llevé en mi infancia —aunque hoy lo cuento entre risas— fueron las tachas de los zapatos que me ponía Maestro Vicente cuando me los arreglaba. ¡Qué tormento aquellas tachas, que me hacían sonar por todos lados!
Anita, la de Chucha, me acogía cada fin de semana en su casa. Muchos de esos días los recuerdo con un cariño especial: Ciara y yo disfrutábamos de un manjar sencillo pero inolvidable, como guisantes con huevo sancochado y, de postre, nata montada. Luego bajábamos a la plaza. para asistir al novenario y a mí siempre me tocaba sacar las sillas de mi abuela para que, después, todos pudieran sentarse a esperar el arranque de la fiesta. Esa plaza antigua, fue nuestro campo de juegos cada tarde. Allí crecimos, jugando sin mirar el reloj.
Ya en la juventud recuerdo las fiestas en casa de Fátima con un café, una charla, y planear qué haríamos esa noche. Yaiza, Gladys, Desirée, y Sonia, la de Mari Carmen, formábamos un equipo maravilloso. La primera parada de la noche siempre era en casa de Mari Carmen, la de Claudina, donde yo siempre me he sentido una más. Gracias por tu cariño de siempre, Mari Carmen. Fui Miss Elegancia del Distrito en 1998… imaginen cómo serían las demás, aunque quien tuvo, retuvo. Recuerdo con cariño cuando vinieron a buscarme Fátima, Luz, Peregrina y María del Pilar. Fue un orgullo representar a mi pueblo en aquellas gala que nunca olvidaré.Fue un orgullo representar a mi pueblo en aquella gala que nunca olvidaré y un sufrimiento aguantar a Rita Elena controlando todo. En aquellas verbenas inolvidables, Peregrina nos advirtió: “¡Ni se les ocurra subirse al escenario!”. Mi madre en su azotea, Peregrina en la suya… Y de pronto suena por los altavoces: Desirée y Yasmina, de San Lorenzo. ¿Y qué hicimos? Pues subirnos a bailar con la orquesta, claro. Pero si hay algo que marcó mi vida y mis fiestas para siempre, fue la despedida de mi padre. Desde ese año, las fiestas nunca volvieron a ser iguales. Me cuesta mirar a San Lorenzo en su Día Grande sin que se me encoja el alma. La alegría se mezcla con la ausencia y el recuerdo duele, aunque también acompaña. Con el tiempo, ya instalada aquí, San Lorenzo me regaló otro capítulo inolvidable: descubrí al hombre de mi vida. Un auténtico laurentino de pura cepa, con quien llevo compartiendo 25 años de amor, vida y camino, como dice mi prima Carolina: POBRE JOSE MANUEL!
Él representa la bondad discreta, la nobleza sencilla de quien ha crecido entre estas calles, entre tradiciones que lleva en la piel y en el alma. Es hijo de Elvira y de Manolín, dos vecinos entrañables y queridos de este pueblo, que sembraron en él los valores que hoy lo definen: el respeto, la generosidad, la humildad y el amor por San Lorenzo. Gracias a ellos, y gracias a ti, José Manuel, aprendí a mirar este pueblo con otros ojos. No hay fiesta, procesión, volador ni canto en esta plaza que no me traiga, de una forma u otra, un recuerdo contigo. Le doy gracias a San Lorenzo por haberte puesto en mi camino. Por haberme permitido formar parte de tu familia, que también siento como mía. Tú eres también San Lorenzo para mí. Porque contigo aprendí a quererlo más, a entenderlo más, a vivirlo más profundamente. Por eso, hoy, delante de todo este pueblo que tanto queremos, te digo: Gracias por estos 25 años de vida juntos. Gracias por ser casa, raíz y horizonte. La historia se sigue escribiendo y si hay algo que la ha marcado recientemente es, sin duda, y de la que me siento inmensamente orgullosa, el reconocimiento de nuestras fiestas como Fiesta de Interés Turístico Regional. Un título que no nació de siglas políticas, sino del compromiso colectivo, de la suma de voluntades, de la pasión compartida por engrandecer a nuestro pueblo. Fue en la cocina de mi casa donde todo comenzó, tomando café con nuestro flamante y tenaz presidente, José García, y que prendió como chispa en nuestros corazones. Se lo conté al que hoy es mi jefe, David Suárez, y juntos llevamos la propuesta a la Junta de Distrito, donde fue recibida con entusiasmo y aprobada por unanimidad.
Este reconocimiento no es un premio, es una responsabilidad. Una confirmación de que lo que hacemos aquí, en San Lorenzo, merece ser celebrado, protegido y difundido. Que nuestras tradiciones, nuestras fiestas y nuestra manera única de vivirlas son un tesoro que debemos seguir compartiendo con Canarias y el mundo. Este título hace más grande a San Lorenzo, pero sobre todo hace más visible lo que ya sabíamos: que aquí hay un pueblo vivo y orgulloso de lo que es y de lo que representa. Y cómo no, en esta noche de recuerdos y emociones, también quiero rendir homenaje a quienes han sido parte fundamental de mis fiestas y de mi historia personal. A mi vecina Guilerminita, que cada diez de agosto hacía parada obligatoria en su casa para darme su visto bueno. Era una tradición entre nosotras, un pequeño ritual de cariño, de complicidad, de esa ternura que solo dan los años compartidos. Hoy no está físicamente, pero su presencia se siente. Y se siente también en sus hijas. Con ellas he vivido momentos que guardo como tesoros: como aquellas romerías que organizábamos con tanta ilusión. Montábamos nuestra propia carreta y salíamos a pedir para la ofrenda con Toñi y cuatro renacuajos: Dara, Borja, Carla y Alba, recorriendo El Ebro con el corazón lleno de alegría para celebrar la romería. Y entre todas, una mención especial para Mari, mi compañera de fatigas, su reflejo más fiel: gracias por tu risa, tu fuerza y por mantener vivo el legado de tu madre. Porque en ti sigue latiendo su bondad, su alegría y su generosidad. A mi primo Manolo Reyes, por vivir con amor cada volador de la traca del día 9, por su forma única de sentir cada instante de estas fiestas que llevamos en el alma. Aún escucho tu grito de Mecoo asomate para que viene la traca de las 12. A mi tía Teresa, que cosía con esmero las banderas que engalanaban San Lorenzo, la recuerdo con tanto cariño, sentada junto a Mari, la de Titustina, en la palmera del grupo, saboreando un helado mientras veían pasar la vida del pueblo o poniéndome un gran plato de lentejas como ella solo sabia hacer. No puedo olvidar a mi primo Carlitos, con su cajón entre las manos, marcando el compás de tantas noches de la escala en hifi. Esos juegos de niños y muchas travesuras juntos. Mi abuela Micaela, por que eso fue para mí una abuela, serena y querida, siempre con dulzura y calma. Su forma de querer sigue viva en mi recuerdo. Y sus hijos —Alfonso, Rogelio y Miguel— con ellos siempre he sentido ese calor de hogar que no se enseña, se da. Y yo lo recibí con gratitud y amor. En este pregón no puede faltar una mención especial a quienes hacen posible que cada año San Lorenzo brille con tanta fuerza. La Comisión de Fiestas, ese equipo incansable que trabaja muchas veces en silencio, sin buscar protagonismo, pero dejando su huella en cada detalle. Quiero destacar con cariño y profunda admiración el esfuerzo de Xili y José, dos pilares que no solo organizan, sino que sienten y aman estas fiestas como pocos. Han sabido recoger el testigo de quienes estuvieron antes, de aquellos presidentes y presidentas que también dieron lo mejor de sí para que cada agosto fuera inolvidable. Y a todo el equipo: Pinito Irene, Juana Teresa, Pili, Paula, Davinia, Rafa, Antonia Rosa, Ana y Saro su entrega va más allá de los preparativos: se nota en cada rincón, en cada comida compartida en el comedor, donde no falta ni un detalle. Son ellos quienes se encargan de que todo funcione, de que todo luzca, de que cada vecino y cada foráneo se sienta en casa. Gracias por mantener vivo el espíritu laurentino. Gracias por no rendirse, por seguir soñando en grande, por demostrar que la unión, el trabajo en coalición, el cariño y el compromiso son capaces de mover montañas. Porque sin ustedes, San Lorenzo no sería lo que es. Y este pueblo les debe más de lo que las palabras pueden decir.
Y si hay un día que encierra todo lo que somos, ése es el 9 de agosto. Desde la madrugada, cuando los relojes aún no marcan ni las cinco, muchos vecinos ya se asoman a sus balcones y ventanas, salen a la calle para escuchar la estruendosa y evocadora traca de voladores que encogen los corazones en el recuerdo de tantos familiares, amigos, vecinos que vienen a la mente, acompañados al resonar de los voladores. Porque esa noche, cuando el cielo se enciende con la gran traca, se nos eriza la piel. Ese estallido de emoción nos sacude por dentro. Gracias a Daniel Talavera Santana —para mí, “mi Pufi”— que cada año organiza este espectáculo con tanto esmero y cariño. Gracias a ti sentimos que la fiesta grande ya está aquí, porque con tu entrega y compromiso mantienes viva una tradición que une a todo el Ebro. Gracias, Daniel, por cuidar cada detalle y hacer que todo salga bien. A lo largo del día, se ven desfilar las cernideras, que se quedan preparadas para que, después de que el cielo haya brillado de luz y color, se quede encendido de color blanco debido a la gran quema del volcán en honor, como no podía ser de otra manera, a nuestro Santo Patrón, Diácono y Mártir. Y llega ese día que todos esperamos con el alma llena de emoción: el 10 de agosto, el Día Grande, el Día de nuestro Santo Patrón, San Lorenzo. Y llega ese día que todos esperamos con el alma emocionada: el 10 de agosto, el Día Grande, el día de nuestro San Lorenzo. Desde temprano, el pueblo se transforma: las calles se visten de fiesta, las campanas repican, el aire huele a tradición. Todo anuncia que ha llegado el momento de honrar a quien nos guía y nos cuida, a nuestro Santo Patrón. La misa solemne, cargada de emoción, rezos y silencios profundos, nos reúne para renovar nuestra fe y recordar el ejemplo de un mártir valiente y generoso. Y entonces, cuando el reloj marca la una —minuto arriba o abajo— suena el himno nacional… y el pueblo contiene el aliento. Porque es en ese instante, justo cuando San Lorenzo cruza el umbral de la puerta de su iglesia, cuando el corazón del pueblo se detiene y se une en un mismo latido. Es un momento que eriza la piel, que emociona hasta las lágrimas. Es la fe convertida en piel, en historia, en identidad. A partir de ahí, la procesión toma las calles: los voladores estallan, los tambores retumban, y el pueblo entero se vuelca. Caminamos junto a él, recordando a quienes ya no están, pero sentimos muy cerca. Y en cada paso, en cada mirada, en cada lágrima… se respira San Lorenzo. Porque este día no es solo fiesta: es raíz, es memoria, es orgullo. Es el alma de un pueblo que sabe celebrar con devoción… y con corazón recordándonos que somos parte de algo más grande: de un pueblo que nunca olvida, de una historia que nunca se detiene, y de una devoción que nunca se apaga. Agradecer a nuestro párroco, don Santiago, y su equipo, que trabajan incansablemente, sin mirar el reloj, para que nuestra iglesia luzca más hermosa que nunca en estos días grandes.
Llega el 15 de agosto, ese día que en San Lorenzo se conoce como la verbena del solajero. Ese día no hay sombra que salve, ni abanico que aguante, ni pamela que tape. Es el día de las Rodríguez, donde mis primas y yo… nos soltamos el moño. Digamos que… ese día siempre pasa algo. Que alguna se emociona con el mojito, que otra va cogiendo prestadas jarras de cervezas, que otra baila como si no hubiera un mañana… Pero como dice el refrán: “Lo que pasa el 15… se queda en el 15.” Y aprovechando que hoy me escuchan las autoridades presentes —a quienes les quedan dos años, no para las elecciones, no se asusten (risas)—, sino para algo mucho más importante: dos años para cumplir el tiempo necesario y dar el gran paso de solicitar que nuestras fiestas sean declaradas de Interés Turístico Nacional. Doña Inmaculada, Don Pedro y Don Pablo Rodriguez, yo desde ya, me pongo a disposición de ustedes con todo mi cariño, mi trabajo y mi compromiso para que ese expediente salga adelante. Porque San Lorenzo lo merece, porque esta fiesta lo vale, y porque el alma de este pueblo brilla con fuerza suficiente para ser reconocida en toda España. Y cuando todo termine…
Cuando se apaguen los fuegos, cuando la música calle y el bullicio se transforme en recuerdo… Quedará lo más importante: el orgullo inmenso de ser de San Lorenzo, el amor profundo por lo nuestro, y la promesa de que, mientras haya un solo corazón latiendo en este pueblo, nuestras fiestas seguirán vivas. Así que, por eso mismo, vivamos intensamente cada instante, cada encuentro, cada mirada, cada abrazo que nos regale esta fiesta. Porque cada momento vivido con emoción y con memoria, es un homenaje a quienes fuimos, a quienes somos, y a quienes seremos. Por que San Lorenzo no se cuenta, San Lorenzo se siente.
¡VIVA SAN LORENZO!
¡VIVA SU GENTE!
¡Y QUE VIVAN, POR SIEMPRE, NUESTRAS FIESTAS!
